Y mi Dionisio se cayó de su altar al demostrar que su perfecta perfección, al fin y al cabo, no era tan perfecta.
Su sutil belleza se disipó con el humo de su cigarro, su grandiosidad se fue con la personalidad que le quedaba.
Y se quedó sólo, vacío, sin vida, sin amor.
Sólo un caparazón con forma de hombre perfecto, sin nada dentro, solo dolor y angustia. Sin perfección. Sin él mismo. Sin mi cariño y adoración. Sin mí.
miércoles, 1 de abril de 2015
Y cayó.
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