viernes, 8 de marzo de 2013

Hacia arriba.

Fue ahí donde me di cuenta. Sentada debajo de mi mesa, llorando como llevaba días haciendo. En silencio, para que mi madre no se preocupara. Lloraba por ti, por mí, por todo lo que nunca seremos. Sólo esperaba que se pasara, que algún día esto terminaría, que dejaría de llorar y todo iría bien. Sin tener la certeza de que ese día llegara. Sin tener la certeza de que esto, por fin, se acabara.
Entonces, apareces tú, como un salvavidas, sin tener ni idea de nada. Ese don, que te hace tan especial y que siempre te agradeceré. Me sacas de debajo de mi mesa, me haces respirar y me obligas a pensar. 
Tiras de mí y me haces razonar y entender qué es bueno para mí. Me haces ver que no le necesito, que no me puedo hacer esto, que necesito ser feliz, y si tiene que ser sin él, lo será. Me enseñaste que no puedo depender de alguien, de cómo me trate, de cómo me haga sentir, para ser yo. 
Me sacaste de la más honda depresión y me sacaste hacia la superficie. Me diste la fuerza que me faltaba sin pedir nada a cambio.
Nunca, jamás podré agradecerte eso, que llegaras en el peor momento y lo convirtieras en el mejor. Nunca serás del todo consciente del bien que me hiciste, y es por eso por lo que te doy y daré siempre las gracias.

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