sábado, 8 de septiembre de 2012

Es ese miedo que invade cada célula de mi ser el que me impide actuar. El que me impide hacer lo que realmente quiero. El que me acelera el corazón amenazando con sacármelo del pecho al hacer algo que no debo. ¿Demasiada conciencia? Quizá. Quizá pienso demasiado las cosas, pero siempre después de hacerlas. "No deberías haber hecho esto, no tenías que decirle esto, no tendrías que haber jugado así con ellos, no le deberías haber mirado así, no deberías haber venido por aquí". A veces, mi pepito grillo llega demasiado tarde y no me impide hacer cosas que no debería. Otras sin embargo llega cuando sólo estoy pensando liar alguna y se me acelera todo el cuerpo con sólo pensarlo y eso, justamente eso, me impide hacerlo. 
Si en algún momento estoy haciendo algo a la vez que me tiembla todo el cuerpo es porque sé que no tengo que hacerlo, que está mal, pero después de muchas luchas internas, lo tengo que hacer.
Esta semana, ha sido muy chunga, he estado jodiendo mucho a mucha gente que quiero, la he cagado con al menos dos personas y me ha costado mucho volver a arreglarlo. 
Algo que me define es mi mal carácter, mi manera de esconderme del mundo detrás de esa fachada de malas caras, mal comportamiento hacia la gente y de "niña repelente" para que nadie se encariñe conmigo y sobretodo para no encariñarme con la gente. Aprendí que cuanto más quieres a alguien, más débil y vulnerable te haces, porque cuando te fallan, duele más. Pero sin embargo, hay gente, que por mucho que luches por no quererles, te llegan demasiado hondo, quizá en muy poco tiempo. Hay gente, sin embargo, que aunque la conozca de hace mucho, no movería ni una pestaña por ellos. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario